Antes de ChatGPT hubo otra tecnología que prometía reemplazar trabajadores
Saludos cordiales, estimada comunidad.
Antes de comenzar, gracias por todos los mensajes que llegaron la edición pasada. Por los comentarios positivos, por las reflexiones sobre confianza y trabajo en equipo, y también por las críticas. En un newsletter como este, el feedback honesto vale muchísimo. 😌
Y justo esta semana hablaremos de inteligencia artificial, una herramienta que también estamos aprendiendo a integrar en procesos que parecen sencillos desde fuera, como escribir un newsletter. Porque detrás de cada edición hay muchas horas de lectura, selección de fuentes, contraste de ideas y búsqueda de historias que ayuden a entender tiempos complejos.
La IA puede ordenar y acelerar parte del trabajo; el criterio, la curiosidad y el café todavía corren por cuenta humana 🤖☕️
Agradecemos mucho este tipo de comentarios. El feedback honesto nos ayuda a mejorar mucho más que una cadena de felicitaciones en Teams 😌
Y sí, tomamos nota. Prometemos hacer un esfuerzo consciente por usar menos frases que parecen generadas por Chat GPT: “verdad incómoda”, “spoiler”, “game changer”, “nuevo paradigma” y otras expresiones que ya deberían estar en home office permanente ☕️
Agradecemos mucho este tipo de comentarios. El feedback honesto nos ayuda a mejorar mucho más que una cadena de felicitaciones en Teams 😌
Y sí, tomamos nota. Prometemos hacer un esfuerzo consciente por usar menos frases que parecen generadas por Chat GPT: “verdad incómoda”, “spoiler”, “game changer”, “nuevo paradigma” y otras expresiones que ya deberían estar en home office permanente ☕️
El día que una hoja de cálculo asustó a toda una profesión.
Si trabajas en una oficina, probablemente ya escuchaste alguna versión del apocalipsis laboral de la IA 🤖
Que va a desaparecer a los consultores.
Que va a reemplazar a los programadores.
Que va a dejar sin trabajo a los juniors.
Que ahora todos deberíamos aprender prompts, vender cursos o abrir una granja orgánica antes de que sea demasiado tarde 🫠
Y claro, el miedo no viene de la nada.
Hay empresas recortando posiciones mientras anuncian inversiones en inteligencia artificial.
Hay CEOs explicando despidos con palabras como “automatización”, “eficiencia” y “transformación”.
Y hay juntas donde alguien dice “la IA nos va a hacer más productivos” con la misma energía de “prepárense, viene reestructura” 😮💨
El profesor Scott Galloway tiene una tesis bastante provocadora sobre todo este asunto: el apocalipsis laboral de la IA no es necesariamente un pronóstico económico. Es, en buena medida, una estrategia de marketing.
Según él, no estamos presenciando el fin del trabajo.
Estamos viendo la monetización del miedo.
Según él, hay tres escenarios posibles de cómo la IA cambiará el trabajo.
El primero: que la burbuja de la IA explote. Y no sería una explosión menor.
Desde el lanzamiento de ChatGPT en 2022, gran parte del crecimiento bursátil de Estados Unidos ha estado concentrado en empresas relacionadas con inteligencia artificial. En otras palabras: hoy la economía estadounidense está apostando cantidades obscenas de dinero a que la IA cumplirá sus promesas.
El problema es que cuando una tecnología recibe demasiada inversión, también recibe expectativas imposibles.
Y cuando esas expectativas no se cumplen, llegan los ajustes económicos.
El segundo: que la velocidad del cambio sea mayor que la capacidad de adaptación — y eso termine quebrando empresas.
Aquí no hablamos de que la IA “no cumpla”. Al contrario: cumple, y cumple rápido. El problema es que las organizaciones no están diseñadas para absorber cambios a esa velocidad.
Una empresa puede tardar meses en aprobar un nuevo proceso, capacitar equipos, ajustar su cultura o repensar su estructura. La IA, en cambio, cambia de versión cada pocas semanas.
Y el tercero —el más interesante para esta edición— es la paradoja de Jevons.
Cuando un recurso se abarata dramáticamente, no lo usamos menos — encontramos un millón de usos nuevos para él.
Pasó con la electricidad.
Pasó con el transporte.
Pasó con el software.
Y también pasó con una herramienta que prometía cambiar para siempre el trabajo de contadores, financieros y analistas.
Hoy la conocemos, de forma muy popular, como ‘Excel’.
Pero Excel no fue el primero. Antes existió VisiCalc: la primera hoja de cálculo de la historia.
Un programa que convirtió una computadora personal en una máquina de productividad financiera. Y que, como suele pasar cada vez que aparece una tecnología nueva, también provocó su propia mini oleada apocalíptica.
Porque si una hoja de cálculo podía hacer en segundos lo que antes tomaba horas…
¿qué iba a pasar con los contadores? 👀
En 1979, una sala de conferencias de Apple quedó en silencio.
Las luces estaban apagadas.
Al frente había una computadora Apple II conectada a un proyector. Algo bastante exótico —y caro— para la época. En aquellos años, la mayoría de las personas nunca había tocado una computadora personal. Tener una en casa era tan común como tener hoy un helicóptero estacionado en la azotea 🚁
Entre los asistentes había distribuidores regionales, gerentes de tiendas de computación y algunos ejecutivos de Apple intentando entender qué demonios estaban a punto de ver.
Mike Connor, director de Marketing de Apple, había invitado a dos desarrolladores para presentar un nuevo programa de software.
Nadie imaginaba que estaban presenciando el nacimiento de una de las herramientas más importantes de la historia del trabajo moderno.
Uno de los invitados era Dan Bricklin.
Ingeniero en Computación y recién graduado de un MBA en Harvard.
Durante sus estudios había observado un problema bastante simple.
Cada vez que un contador, analista financiero o administrador modificaba una cifra en un presupuesto, tenía que rehacer manualmente una enorme cadena de cálculos.
Un pequeño cambio en una hoja podía significar horas de trabajo adicional.
Bricklin estaba convencido de que una computadora podía resolver ese problema.
Le compró una Apple II a Steve Jobs —después de negociar un descuento, porque el espíritu godín trasciende generaciones 😌— y comenzó a desarrollar una idea que describía como una “pizarra electrónica” para presupuestos y planificación financiera.
Uno de sus profesores conocía las herramientas financieras más top del momento y pensaba que el mercado ya estaba suficientemente atendido.
En lugar de animarlo, le recomendó buscar a uno de sus exalumnos: Dan Fylstra.
Ambos hicieron clic casi de inmediato.
Decidieron fundar una pequeña empresa llamada Personal Software desde un departamento en Boston.
Juntos comenzaron a desarrollar el prototipo.
Durante meses discutieron incluso cómo llamarlo.
Entre las opciones aparecieron nombres tan inspiradores como CalcuLedger, CompuLator y Electronic Blackboard 😮💨
Por fortuna alguien tuvo una mejor idea.
VisiCalc.
Una contracción de Visible-Calculator.
Calculadora Visible.
El nombre sonaba raro.
El producto era extraordinario.
Para lanzar el prototipo decidieron acercarse a los principales jugadores de Silicon Valley.
Y uno de ellos era un viejo conocido: Steve Jobs.
Cuando Bricklin y Fylstra presentaron su idea ante Jobs y Mike Markkula, entonces presidente de Apple, ocurrió algo curioso.
Markkula pensó que le estaban intentando vender un simple programa para balancear chequeras.
De hecho, sacó un casete de Apple con un software similar que él mismo había desarrollado.
Pero mientras observaba la demostración comenzó a darse cuenta de algo que incluso los propios creadores todavía no habían dimensionado.
Aquello no era un programa para llevar cuentas personales.
Era una nueva categoría de software.
Markkula vio el potencial y decidió poner a trabajar a algunos de los mejores vendedores de Apple.
Entre ellos estaba Mike Connor. Y Connor entendió rápidamente que el producto no debía venderse como software.
Debía venderse como una razón para comprar una computadora.
Su estrategia fue sencilla.
Dar acceso directo a la red de distribuidores regionales y reunir a cientos de gerentes de tiendas de computación para una demostración.
Aquella tarde, Dan Bricklin tomó el control de la presentación.
Primero mostró una enorme cuadrícula de filas y columnas.
La hoja parecía extenderse infinitamente sobre la pantalla del Apple II.
Eso ya era impresionante.
Pero el verdadero espectáculo ocurrió unos segundos después.
Cambió un solo número.
Uno.
Y de inmediato toda la hoja comenzó a recalcularse frente a los ojos de la audiencia.
Los presupuestos cambiaban.
Los totales cambiaban.
Las proyecciones cambiaban.
Todo en tiempo real.
La reacción fue inmediata.
No porque los asistentes entendieran la tecnología.
Sino porque entendieron el negocio.
Los distribuidores dejaron de ver una computadora.
Empezaron a ver una herramienta capaz de transformar departamentos completos de finanzas, contabilidad y planeación.
De pronto ya no estaban vendiendo una máquina.
Estaban vendiendo una nueva forma de trabajar.
Y tenían razón.
VisiCalc se convirtió en la primera gran “killer app” de la historia de las computadoras personales.
Vendió más de 700 mil copias en menos de seis años.
Generó millones de dólares en ingresos.
El lanzamiento conjunto de Apple II y VisiCalc fue un éxito rotundo.
Tras el éxito inicial, los ingenieros decidieron darle un nombre más comercial a su empresa.
Personal Software pasó a llamarse VisiCorp, una marca construida alrededor de su producto estrella. Desde ahí vendían VisiCalc a las tiendas de software por alrededor de $120 dólares, y estas lo revendían al consumidor final por cerca de $200.
VisiCorp aprovechó el momento para lanzar nuevos productos como VisiPlot, VisiTrend, VisiFile y VisiWord.
Sin embargo, VisiCalc seguía siendo la joya de la corona.
Llegó a representar aproximadamente la mitad de todos los ingresos de la compañía.
En su punto más alto, las ventas rondaban los 2.8 millones de dólares mensuales.
Y alrededor de esa pequeña hoja llena de filas y columnas comenzó a construirse una industria completa de software empresarial.
Pero quizá lo más interesante no fue lo que ocurrió.
Fue lo que muchas personas creyeron que iba a ocurrir.
Porque si una hoja de cálculo podía realizar en segundos tareas que antes tomaban horas…
¿qué iba a pasar con los contadores?
Mientras VisiCalc vendía millones de copias, comenzaron a aparecer pronósticos sobre el futuro de la profesión.
Y varios de ellos sonaban sorprendentemente parecidos a las conversaciones que hoy tenemos sobre inteligencia artificial.
La historia de VisiCalc dejó una lección curiosa.
La primera generación de computadoras personales no fue pensada solo para consumir software.
Fue imaginada para crearlo.
Durante los años setenta, muchos pioneros de la computación creían que cualquier persona podría construir sus propios programas.
Solo había un pequeño detalle.
Primero había que aprender a programar 😮💨
Bill Gates y Paul Allen desarrollaron una versión de BASIC para la Altair 8800, considerada una de las primeras computadoras personales comercialmente viables. Poco después fundaron una pequeña empresa llamada Micro-Soft.
Steve Wozniak desarrolló su propia versión de BASIC para el Apple I.
Y el Apple II incluso incluía una copia de BASIC integrada en su memoria.
Un anuncio de la época prometía que cualquier usuario podía empezar a escribir sus propios programas desde la primera noche, incluso sin experiencia previa.
Sonaba precioso.
También sonaba muy a presentación de innovación corporativa donde nadie preguntó si el usuario final tenía tiempo, paciencia o ganas de aprender BASIC. 😌
Porque los ingenieros confundieron lo posible con lo práctico.
Los usuarios no querían convertirse en programadores.
Querían resolver problemas.
Y ahí apareció VisiCalc.
En lugar de obligar a los contadores a aprender código, convirtió una tarea compleja en una herramienta accesible.
La computadora personal dejó de ser una máquina para escribir programas.
Se convirtió en una herramienta para trabajar.
El escritor Cal Newport señala que algo parecido puede estar ocurriendo con la inteligencia artificial.
Gran parte de la conversación actual parte de una comparación equivocada.
Defensores y críticos suelen tratar a la IA como si fuera automatización industrial:
“Ante este mar luminoso, contra el fulgor de un despreocupado Nuevo Mundo, pasaban las siluetas de barcos reconocibles en todo detalle… Todo lo que teníamos que hacer era apretar el botón.”
Imaginen el nivel de caos organizacional necesario para llegar a ese punto 💀
Y aquí es donde empieza el primer misterio de management.
Porque el problema NO era falta de inteligencia.
Estados Unidos tenía grandes estrategas.
Grandes militares.
Grandes ingenieros.
Grandes cartógrafos.
El problema era otro.
Mientras los estadounidenses acumulaban pérdidas, Reino Unido estaba logrando contener mucho mejor los ataques submarinos alemanes 🫠
No porque fueran invencibles.
No porque tuvieran “superior talento”.
Y definitivamente no porque la situación fuera sencilla para ellos.
De hecho, los británicos llevaban años sobreviviendo bombardeos, bloqueos y ataques marítimos constantes.
Entonces el misterio de esta historia era:
¿Cómo demonios los británicos estaban logrando mejores resultados operativos bajo tanta presión con los nazis tocando la puerta?
Y la respuesta era algo mucho más sofisticado:
El sistema operativo del equipo importa más que las estrellas individuales.
Porque Reino Unido sí entendía algo fundamental:
La guerra submarina no se ganaba con héroes individuales.
Se ganaba coordinando volúmenes impresionantes de información en tiempo real ⚙️
Datos de radar.
Sonares.
Observaciones visuales.
Inteligencia descifrada.
Movimientos marítimos.
Patrones de ataque.
Todo tenía que integrarse y compartirse casi al instante.
Y aquí vale la pena hacer una pausa histórica porque estamos hablando de los años cuarenta 😅
No había iPhones.
No había Slack.
No había Google Maps.
Coordinar barcos, aviones y bases militares en distintos puntos del Atlántico implicaba mapas físicos, operadores de radio, mensajes codificados y personas tomando decisiones bajo presión en tiempo real.
Un académico naval de Johns Hopkins describió después el reto así:
Si las máquinas reemplazaron trabajo físico durante la Revolución Industrial, la IA reemplazará trabajo intelectual durante los próximos años.
Por eso abundan las predicciones sobre programadores, consultores, financieros, abogados y analistas desapareciendo del organigrama.🤖
Pero quizá la analogía correcta es otra.
En un artículo reciente para The New Yorker, Newport escribió que la IA se parece menos a una línea de ensamblaje.
Y más a un becario.
Un becario rapidísimo.
Disponible todo el día.
Capaz de resumir documentos, comparar opciones, escribir borradores, generar ideas y armar herramientas pequeñas para resolver problemas específicos.
Pero becario al fin.
Porque también puede equivocarse.
Puede inventar cosas.
Puede decir “ya quedó” cuando claramente no quedó.
Y puede entregar algo que suena convincente aunque necesite una revisión seria antes de llegar al cliente, al jefe o al comité.
Ahí está el punto.
La IA no está reemplazando por completo el trabajo humano.
Está absorbiendo pequeñas tareas dispersas que antes consumían tiempo, atención y energía mental.
Estamos frente a una nueva capa de trabajo asistido que puede aumentar muchísimo la capacidad humana… si alguien sabe dirigirla.
Porque tener IA no elimina la necesidad de criterio.
La vuelve más importante.
Y ese será probablemente el cambio más grande para muchos equipos:
no aprender a “usar prompts”.
Aprender a delegar mejor.
Dar contexto.
Definir objetivos.
Revisar entregables.
Detectar errores.
Corregir rumbo.
En resumen: gestionar.
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